Antes se llevaron a cabo otras Asambleas y se dictaron otras Constituciones, pero ninguna llegó a ser aplicada (léase respetada, honrada o tomada en cuenta), a la hora de interpretarla (léase manosearla, manipularla, prostituirla) para que quede a la medida de los intereses de los grupos de poder.
La diferencia de ésta Asamblea, con las que le precedieron, es que va a realizarse en el País de Jefferson…
En el País de Jefferson ya no se dictan leyes principales o secundarias y peor aún la Carta Magna del Estado, sin la premisa de que ésta tratará de dar solución a las necesidades de la gran mayoría del pueblo.
En el País de Jefferson ya no se conforma la Asamblea con la cuarta, quinta o enésima generación de burgueses, ricos o mafiosos. Debe hacérselo con los hombres y mujeres que realmente representen a grupos importantes de la ciudadanía, que no tergiversen el sentir popular apenas se posesionen de su cargo y que realmente sean la voz de los que no tienen voz.
En el País de Jefferson, somos capaces de seguir a un líder en tanto en cuanto éste defienda los derechos de las mayorías; de ponerlo en cintura cuando cometa errores, de darle una oportunidad si se la merece y de mandarlo a la cárcel (no a su casa, ni de paseo) cuando traiciona.
En el País de Jefferson el pueblo poco a poco está aprendiendo a pensar por sí mismo: ya no necesita que dos o tres periodistas ‘famosillos’ y de ‘buenas’ familias o presentadoras de televisión que llegaron a esa posición como prolongación de su reinado de belleza, le diga lo que está bien o mal. Los más ‘prominentes’ comunicadores (con honrosas excepciones, claro) se acostumbraron a brillar en un cielo casi totalmente oscuro porque la gran masa no tenía oportunidad de educarse y por ende tampoco de brillar. Al cambiar lenta pero progresivamente el panorama y ante el aparecimiento de más y más estrellas en el firmamento intelectual, tendrán que aprender a brillar por su méritos y sólo por ellos.
En el País de Jefferson, lo primero que pedimos a los Asambleístas es insertar nuevamente la palabra ÉTICA en el diccionario, pero con la misma conceptualización y obligatoriedad para todos: para gobernantes y gobernados, defensores o detractores, afines u opuestos, empleadores o empleados, hombres o mujeres; de modo que, lo mismo no sea malo cuando lo hace el Presidente de la República, pero bueno cuando lo hace un “medio de opinión” o viceversa.
En el País de Jefferson, las Asambleas Constituyentes ya no son otras de las tantas vitrinas para lucir verborreas, discursos demagógicos, carros últimos modelos o el ‘pedigrí’ de nadie. Es la gran oportunidad para que los Asambleístas muestren a la opinión pública que su compromiso patriótico no se detiene en la forma sino que trata de ir al fondo de los preceptos; que no tienen ningún reparo en rescatar sin egoísmo todo lo que sea rescatable aunque esto signifique un poco menos de protagonismo; que lucharán más allá de nombres y que el logro, aunque sea anónimo, de un verdadero cambio en beneficio de sus compatriotas, valdrá por todos los reconocimientos.
En el País de Jefferson, ya no necesitamos veedores internacionales que de alguna manera garanticen la actuación de la Asamblea, todos y cada uno de los ciudadanos se informarán, debatirán y con el ánimo más ecléctico posible opinarán sobre lo que se quiere para el futuro de sus hijos.
En el País de Jefferson, se acabaron las poses y las hipocresías y esto no puede ser perdido de vista por los Asambleístas. Ya no tenemos miedo (ni gobernantes, ni gobernados) de llamarle a cada caso o cosa por su nombre, aunque esto lastime los delicados oídos de los ex-‘dueños del País’ a quienes debíamos dirigirnos rebuscando lo mejor del lenguaje o siguiendo al pie de la letra el ‘Manual de Carreño’, aunque ellos a cambio nos dieran explotación, abuso y prepotencia..
En el País de Jefferson sabemos reconocer y aprovechar las oportunidades y más aún las que pueden ser únicas y trascendentales. Esta Asamblea lo es, por la expectativa que ha generado, por la participación que se promete, porque se ha logrado motivar a un gran conglomerado antes apático e indiferente; porque la historia nos está obligando a que reinventemos la responsabilidad, la honestidad, la solidaridad, la sinceridad y luchemos aún contra nuestra propia miseria o ambición personal y forjemos nuevos amaneceres llenos de luz y oportunidades para todos.
(Escrito por Mona)